Algunos hombres malos han caído; ahora acabemos con las malas películas

Algunos hombres malos han caído; ahora acabemos con las malas películas


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Credit
Jasu Hu






Ya se entregaron los Premios Oscar. Fue la primera ceremonia desde que los hombres poderosos empezaron a caer gracias al movimiento #YoTambién y bajo la sombra de Pantera Negra. Algunas personalidades que antes gozaban de gran importancia, ahora estuvieron ausentes.


En un país como Estados Unidos donde el partido gobernante parece estar dispuesto a sacrificar muchas cosas —entre ellas la decencia y la justicia— para restablecer la masculinidad blanca cristiana como el centro del universo, la categoría de mejor película ofreció una visión contrastante: una denuncia libre de defectos de esa misma patología colonial (¡Huye!), una afirmación incandescente de la feminidad joven (Lady Bird) y un afligido romance homosexual (Llámame por tu nombre), entre otros.


Jordan Peele se convirtió en la primera persona de raza negra en ganar el premio a mejor guion original. Vulture informó recientemente que algunos votantes de mayor edad de la academia se rehusaron a ver ¡Huye! y dijeron que “no era una película de los Premios Oscar”, un rechazo más caprichoso que político.


La televisión y el cine han entrado de lleno en una época de reconocimiento sociopolítico sin precedentes, el primero con esa escala y ferocidad, un microcosmos de nuestra guerra cultural. Sin embargo, para lograr que ese reconocimiento funcione, debemos mirar más allá y preguntarnos qué queremos de este nuevo Hollywood, además de mirar al pasado para evitar repetirlo.


Hollywood es una vanguardia perfecta y grotesca en la guerra por el cambio cultural. Perfecta porque su alcance es muy vasto y su influencia muy potente; grotesca porque la televisión y las películas son el medio en el que nos inculcaron muchas ideas tóxicas en primer lugar.


Cuando era niña, no me molestaban las representaciones vacías y abusivas de mi género en la pantalla, sino que tomaba nota. Agregaba rasgo tras rasgo a mi lista mental de cómo ser mujer y las cosas que debería anhelar y tolerar de los hombres.


De los programas de cambio de apariencia, aprendí que era fea. De las comedias románticas, aprendí que el acoso significa que él te ama y la persistencia implica que ya te ganó —y también que era fea—. De las películas de Disney, aprendí que, si lograba que mi cintura fuera muy pequeña (quizá con la ayuda de una bruja), un hombre o una bestia se casaría conmigo, y ahí terminaría mi historia. Los pitufos me enseñaron que los chicos tienen personalidades diferentes, como ser inteligente o enojón, y que las niñas solo pueden tener una (la personalidad de las “zapatillas”). De El club de los cinco, aprendí que la furia y la degradación son el atractivo de un chico malo seductor, no los focos rojos de un agresor. De casi todos los medios, aprendí que las mujeres complicadas están “locas” y los hombres complicados son genios.


Esa es básicamente una muestra aleatoria, y la extraje de materiales que en realidad me gustan. Podríamos hacer una lista paralela acerca de la raza, la sexualidad, la capacidad, la pobreza: todos los vectores de identidad que se han filtrado en el 82,4 por ciento de los directores de cine que son hombres blancos (de acuerdo con un informe de 2015 del Sindicato de Directores de Estados Unidos).


¿Sabes cómo funcionan los audífonos de cancelación de ruido? (yo no, pero voy a aceptar la vergüenza con tal de proponer una metáfora). Tienen un micrófono integrado que mide el ruido ambiental a tu alrededor para después generar una inversión exacta de esa onda sónica y añadirla a la ecualización de tus audífonos. Cuando una frecuencia se encuentra con su opuesto —el momento en que los picos de una coinciden con los valles de otra— el resultado se llama cancelación de fase. Ambas olas se cancelan. Silencio.


Lo que de verdad necesitamos de Hollywood son casi cien años de cancelación de fase.


Necesitamos nuevas obras que desafíen constantemente y equilibren las viejas suposiciones, que ofrezcan modelos radicales de cómo concebirnos y cómo tratarnos. Necesitamos artistas y estudios que luchen a favor del trabajo diverso realizado por creadores diversos para audiencias diversas porque es lo correcto, no solo porque Pantera Negra esté en camino a recaudar mil millones de dólares en la taquilla internacional. El capitalismo no germinará ese tipo de moralidad pura por sí mismo, pero podemos elegirlo. Si de verdad queremos que haya un reconocimiento en el movimiento #YoTambién —si queremos arreglar lo que se rompió— esas alternativas deben ser parte del cambio. El movimiento no solo debe transformar la cultura; debe transformarse en ella.


Una de las cosas más impresionantes de #YoTambién —muy cerca de la furia férrea de sus víctimas— es la velocidad y la decisión con que abrió la conversación acerca de la depredación sexual y cómo la llevó de lo conceptual a lo concreto. Después de décadas de debates, dudas, disertaciones, resoluciones, acuerdos de confidencialidad, rumores de boca en boca, parálisis y silencio… de pronto, de un solo golpe, los hombres poderosos están cayendo. El diálogo se ha convertido en acción. Los hombres aparentemente intocables han perdido trabajos, reputaciones y legados de la noche a la mañana. Las decisiones tienen consecuencias, aunque seas Harvey Weinstein. Eso es algo nuevo.


No obstante, en la avalancha de la catarsis, es importante no perder de vista algunas de las viejas conversaciones conceptuales, porque jamás nos acercamos a su fin. No hemos terminado de hablar acerca de por qué tantos hombres se sienten con el derecho de tener el espacio, el poder y los cuerpos de otras personas. No hemos acabado de conversar acerca de la hostilidad de nuestra cultura hacia el placer sexual de las mujeres.


No hemos terminado de dialogar acerca de cómo conseguir justicia para las víctimas “imperfectas” y cómo dejar a los perpetradores que amamos. No hemos terminado de hablar sobre cómo decidir qué agresores merecen un camino a la redención y cuál sería esa vía. No hemos acabado de hablar del sistema legal. No hemos terminado de hablar de sexo. No hemos acabado de hablar de raza.


Derrocar a un par (a un grupo o incluso a una generación) de agresores poderosos es un comienzo, pero no es el fin, a menos que también cambiemos radicalmente la estructura de poder que elige a sus remplazos y los valores compartidos que quedan incluso cuando el movimiento se esfuma.


El arte no inventó los roles de género opresores, los estereotipos raciales ni la cultura de la violación, sino que los refleja, los pule y los vende en cada momento de nuestra vida consciente. Hacemos arte y ese arte nos hace a nosotros simultáneamente. Por lo tanto, ¿la lógica no debería ser que podemos cambiar si transformamos el arte que creamos?