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Aquella noche, cuando decidí mirarte de nuevo a los ojos y declararte mi amor, cargaba en mi morral de artista el cuadro que años antes, al imaginarte, pinté para ti, en medio de ángeles, estrellas y flores.

Escudriñé tus rasgos, tu sonrisa, tu cabello, tu perfil, al permanecer frente a ti y descubrir con asombro que eras tú, nadie más, la que pinté en el lienzo antes de conocerte.

Admiré tu cara de porcelana, tus manos y el color de tu piel que comparé, igualmente, con la escultura que esculpí tiempo atrás, antes de que tú y yo coincidiéramos en el sendero de la existencia.

Descubrí en tu voz, en cada palabra pronunciada, el concierto que inicié en la niñez y concluí durante los primeros días juveniles, las notas que creí escuchar del cielo antes de saber de ti.

Miré tus ojos y al observarme retratado, recordé que antaño, cuando aún no te conocía, ya me había reflejado en el espejo que fabriqué y se parecía tanto a ti.

Vi en tus labios, tus manos, tus ojos y tus mejillas a la mujer que inventé una noche de soledad, antes de conocerte, mientras contemplaba la armonía, el equilibrio y la majestuosidad de los luceros, y también, es verdad, durante las tardes veraniegas de lluvia.

Noté en tus palabras total similitud con el poema que me inspiraste hace años, antes de conocerte, cuando el vuelo de las hadas me indicaba que existías y que debía, por lo mismo, unir letras, sílabas que me dictabas sin saber yo que ya eras mi musa.

Leí, al encontrarme frente a ti aquella noche de enamoramiento, el nombre que había anotado en una servilleta cuando te percibí en mis sueños, y me di cuenta que coincidía con el tuyo.

Mantuve silencio aquella noche, la de nuestro encuentro, y contuve mi impulso de estrecharte en mis brazos efusivamente, lo confieso, porque intenté corroborar, una vez más, si eras tú la mujer que intuí hace años, y me estremecí al obtener una respuesta afirmativa, al grado, creo, que el universo se incendió de tonalidades nunca antes vistas.

Es verdad, dibujé, alguna hora distante de mi existencia, el esbozo de una mujer hermosa, el perfil de un ángel sin alas, cuando mis sueños eran eso, sólo esperanza y fantasías, dulce espejismo, y contigo me percaté que las ilusiones se hacen realidad. Eras ella, tú, la del bosquejo en la hoja de papel.

Imaginé, repito, que existías en algún rincón del cielo, que estarías asomada, tal vez, en alguna de las ventanas del paraíso, y al encontrarme frente a ti, aquella noche, me convencí de que las escenas pasadas habían sido un aviso anticipado de mi encuentro contigo.

Insisto en que manifesté admiración, quizá, al tomar tus manos, acariciarlas y percibir el mismo calor y la sensación que experimenté incontables noches previas, al imaginarte, al pretender entrar por el balcón del cielo para traerte al mundo y compartir nuestros días con la misma intensidad de amor.

Gracias a la historia de amor que escribí antes de conocerte y que conservé en la mochila de viajero, constaté que me había adelantado al ser tú y yo los protagonistas. Los personajes, idénticos a nosotros, cobraron vida al abrazarte y susurrar a tu oído mi propuesta de amor. Entonces, Dios prendió las velas románticas que se encontraban sobre la mesa, mientras los ángeles, parece, entonaron cantos de un himno jamás escuchado en el mundo, ambiente que me ayudó a insistir en el amor que ya sentía por ti y te ofrecí para hoy, mañana y toda la eternidad.

Olvidé por un momento mis apuntes, los dibujos, mis cuadros, las canciones y sinfonías, mis esculturas, indudablemente porque supe, a partir de entonces, que la musa que me acompañó desde la infancia se había convertido en la mujer de la que me enamoré aquella noche y a quien cada día ofrendo mi más puro amor.

Después del embeleso que se apoderó de mi ser al mirarte y saber que se trataba de ti, la otra parte de mí, mi emoción, alegría e ilusión se derramaron en un caudal de sentimientos que me motivaron a confesarte al oído: “me encantas”, “te amo”, y por algo, lo admito, confesé que siempre me había sentido enamorado de ti y te consideraba mi vida y mi cielo.

Inventé, descubrí o recordé, no lo sé, tu nombre, tu figura, tu sonrisa, tus ojos; sin embargo, tengo la sensación de que cuando Dios expresó la maravilla de la vida en el mundo y el universo, le acompañabas y te dejó en una banca, la del jardín más hermoso y cautivante, para que yo, al caminar, descubriera tu presencia y corriera a ti con la idea de que juntos, tomados de las manos, regresemos a su lado y recibamos los abrazos de la eternidad.

Recordé de improviso la fugacidad de la existencia, la prisa de las manecillas por cumplir una y otra vuelta en la carátula del reloj, la mano implacable del tiempo que cincela en los rostros los signos de los años; en consecuencia, me apresuré a revelar los sentimientos que me inspirabas antes de conocerte y fue así como te declaré mi amor.

Al aceptar mi declaración de amor y buscar el guión de la historia que escribí con anticipación, el cuadro que pinté al sentirte en mi interior antes de conocerte, el concierto y las canciones que inspirado en tu imagen compuse una y otra noche de soledad, descubrí que mi morral de artista y mi mochila de viajero estaban vacías y que debía, por lo mismo, invitarte a reinventar nuestro guión, protagonizar capítulos intensos e irrepetibles, plasmar la imagen más hermosa y sublime en el lienzo y tocar la música subyugante del cielo, como promesa, supongo, de una vida compartida y una eternidad ganada.

Es así como Dios borró mis esbozos de artista, antes de conocerte, porque es el gran creador y quien ha otorgado permiso con la intención de que tú y yo tomemos el bolígrafo, los pinceles y las partituras de nuestras existencias para dejar constancia de una gran historia de amor que sin duda, cuando traspasemos el umbral del cielo, se convertirá en huella indeleble, en recuerdo inmortal, que otros, al observar con tanto resplandor, seguramente desearán emular con el objetivo de descubrir y vivir con plenitud la dicha que compartimos. Nos regaló, para dicha nuestra, las páginas en blanco que llenaremos con capítulos mutuos y una historia maravillosa e inolvidable, sublime e irrepetible, porque Él, estoy seguro, se encargará de mantener prendidas las velas que la noche de mi declaración de amor iluminaron tu rostro y el mío cual símbolo de la más excelsa de las uniones.

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Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El Autor Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Escritor y periodista. Desde 1988, ha publicado artículos, notas informativas, reportajes y columnas en diversos medios de comunicación, principalmente del estado de Michoacán. Como escritor, ha publicado cuatro libros...

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