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La dialéctica del espectador resulta perversa cuando la comodidad, el egoísmo y la indiferencia son superiores al dolor, las necesidades y el sufrimiento de los demás, quienes permanecen en el ruedo de la vida desconsolados y sin esperanza de una mano noble y firme que evite su fatal caída.

El mundo somos todos y lo que acontezca a unos, definitivamente repercutirá en otros, bien o mal, de manera que la construcción de una humanidad grandiosa y extraordinaria exige una verdadera hermandad que implica, en primer término, el rescate y la aplicación de valores para proceder a dar lo mejor de sí, ceder algo de uno a aquellos que más sufren y requieren apoyo.

Y no solamente se trata de ayudar materialmente, sino aconsejar al niño, sostener al anciano trémulo por las enfermedades y por desafiar al tiempo, orientar al adolescente que deambula en busca de una luz, sonreír al desolado, extender la mano al hambriento, escuchar al desesperado y alentar al que lucha y resbala.

Realmente es lamentable y vergonzosa la simulación de incontables hombres y mujeres que aparentan ser piadosos y en los hechos prefieren refugiarse en sus debilidades y egoísmo, permanecer atrapados en sus vicios y pasiones, despilfarrar tiempo y dinero en asuntos baladíes, en aquellas cosas intrascendentes que acumuladas, consumen los días de la existencia hasta convertirla en una historia fútil.

Parece que la vida es similar a un pentagrama al que diariamente, cada segundo, uno agrega notas para componer la sinfonía más subyugante, el concierto de mayor intensidad y magistral belleza, o la más discordante de las composiciones; pero la obra final y excelsa no se obtendrá por medio de la comodidad, el egoísmo y la ambición desmedida del espectador, sino a través de acciones a favor de los demás, principalmente de quienes en realidad lo necesitan.

Ni siquiera la comodidad de su posición, justifica al espectador que mira con indiferencia a la madre angustiada por sus hijos, al padre que lucha por el sustento diario, al enfermo que se arrastra en busca de medicamento, al ser que se hunde en el pauperismo, al anciano que requiere compañía, al joven que pierde las ilusiones, a aquellos que con una palabra de aliento, una mirada de comprensión o una mano decidida, hubieran evitado el camino de los vicios, la desgracia y la muerte.

Resulta muy triste el hecho de que si alguien ofreció su vida por la humanidad, no abunden personas dispuestas a retirar las piedras del camino, cultivar detalles y flores durante su jornada terrena y quitar los clavos y sanar las llagas de los demás.

Al final del recorrido por la vida, es posible voltear atrás con angustia y arrepentimiento ante un paisaje desolado y muerto, o mirar con alegría y satisfacción no sólo las huellas personales, sino innumerables pisadas que lo acompañan y siguen a uno, y de eso dependerá la carga del equipaje para seguir el viaje a rutas grandiosas e insospechadas.

Este artículo fue publicado en el periódico semanal  Comunidad Cristiana, en Morelia, capital del estado mexicano de Michoacán, con el título “No hay que ser espectadores”, en la sección “Cerca de ti”.

Etuqietas : ayudarMisericordia
Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El Autor Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Escritor y periodista. Desde 1988, ha publicado artículos, notas informativas, reportajes y columnas en diversos medios de comunicación, principalmente del estado de Michoacán. Como escritor, ha publicado cuatro libros...

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